Un mega criatura blanca: Ricardo Roura y la pregunta por los derechos de la Antártida
La campaña por una Declaración de la Antártida propone reconocerla como sujeto de derecho. Este diálogo con Ricardo Roura, desde sus años en el hielo hasta su rol en ASOC, es el primero de esa serie.
Foto de Taneli Kantanen en Unsplash
Ricardo Roura está en Ámsterdam, en el paralelo 52° norte, y mira hacia el sur. Del otro lado de la pantalla, Lucho está en Punta Arenas, en el paralelo 53° sur, y también mira hacia el sur. Entre ambos, el planeta gira y el mar de Drake se encrespa, pero la mirada converge en un mismo punto: un continente de hielo que ninguno de los dos habita, pero que de algún modo los habita a ellos.
Ricardo conoce el olor del hielo cuando se desprende de un glaciar. Lo ha olido en catorce temporadas antárticas. La primera de ellas ocurrió en 1990, pasó un año entero con tres personas más en la base de Greenpeace, mientras los países del Tratado Antártico negociaban una convención para explotar recursos minerales en el continente blanco. Aquella campaña, dice, “cambió todo”. No solo porque lograron que la minería quedara prohibida indefinidamente, sino porque él mismo, geólogo de formación, salió del hielo con la certeza de que no quería ser geólogo tradicional.
Hoy, décadas después, sigue en el hielo, simbólicamente, literalmente, políticamente, pero desde la Coalición de la Antártida y el Océano Austral (ASOC), el observador oficial de las organizaciones no gubernamentales en el Sistema del Tratado Antártico. Su voz es una de las más autorizadas para preguntar algo que hasta hace poco sonaba a herejía y que ahora empieza a circular con fuerza: ¿puede la Antártida tener derechos?
El inicio de las batallas
Ricardo nació en Buenos Aires. La Antártida le llegó primero como libro: “Cuatro años en las Orcadas del Sur”, el relato de un meteorólogo argentino que pasó cuatro años no consecutivos en las Islas Orcadas del Sur, allá por la década del 20. “Desde ese momento me llamó la atención”, dice. Estudió geología, participó como estudiante en actividades antárticas de Argentina, pero algo no terminaba de cerrar. “Llegué a la conclusión de que no quería ser un geólogo tradicional”.
El salto fue hacia el activismo ambiental, pero no como quien cambia de vereda sino como quien encuentra un territorio más ancho. A fines de los ochenta se sumó a Greenpeace, justo cuando la organización tenía una base en la Antártida y los países del Tratado negociaban aquella convención minera que se completó, pero que no se ratificó ni entró en vigor. Su primera tarea fue pasar un año en el hielo. “Con tres personas más”. Ese año lo marcó.
Después vinieron otras campañas, otras batallas. Y una constante: “Siempre es como una película reciente de Hollywood, “Una batalla después de otra” ganadora de varios premios internacionales. Estudió un doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Groningen, investigó en Svalbard, pero su eje siguió siendo la Antártida. Desde hace años es asesor senior de ASOC, la coalición que nuclea a organizaciones como Greenpeace, Vida Silvestre y muchas otras, y que tiene una sola delegación en las reuniones del Tratado Antártico. Es también el representante de ASOC ante el Comité para la Protección Ambiental, el órgano asesor de las Reuniones Consultativas.
Su voz, entonces, no es la de un académico neutral ni la de un activista puro. Es la de alguien que ha negociado, en el sentido más denso del término, con científicos, diplomáticos, pescadores, políticos. Alguien que ha pasado del otro lado del hielo y ha vuelto para contar cómo funciona, y cómo se atasca, el gobierno del continente que hasta hace poco creíamos remoto.
¿El Sistema del Tratado Antártico en jaque?
El diagnóstico de Ricardo es quirúrgico. El Sistema del Tratado Antártico, que durante décadas fue celebrado como un modelo de cooperación internacional, enfrenta hoy una parálisis creciente. Y el problema no es sólo normativo, sino estructural: el mecanismo de consenso.
“El consenso tiene el propósito de proteger a las minorías”, explica. La idea que existía antes en otros contextos diplomáticos, y que según recuerda vino de un diplomático chileno en los años cincuenta, era que ningún país viera comprometidos sus intereses fundamentales, sobre todo los reclamos territoriales, por una decisión mayoritaria. Al mismo tiempo, el consenso tampoco da licencia a uno o dos países a controlar los demás por medio del veto, sino que conlleva el compromiso de llegar a acuerdos aceptables para todas las partes. Pero lo que funcionaba con doce países firmantes en 1959 se ha vuelto un obstáculo para los 29 países Miembros Consultivos que participan en la toma de decisiones, muchas de las cuales tienen intereses muy distintos.
“Ahora hay países que dicen, o piensan: nosotros no estuvimos cuando se generó el Tratado, no pudimos expresar nuestra opinión en ese momento, lo hacemos ahora”. Esos países tienen, en muchos casos, intereses extractivos fuertes. Y el consenso, pensado para proteger a las minorías y generar acuerdos durables, hoy protege a quienes bloquean cualquier avance en protección ambiental.
No es que el Tratado no pueda hacer nada. Ricardo lo aclara con paciencia de quien ha visto demasiadas simplificaciones: se ha establecido un área marina protegida gigante y se han propuesto varias otras, se produce ciencia fundamental sobre el cambio climático, los países del Tratado llevan esa ciencia a otros foros. Pero la tendencia es a una “actitud codificadora”, a una dificultad creciente para tomar medidas que prioricen la conservación por sobre la explotación.
“En el fondo —dice—, los derechos de la Antártida nos dan una perspectiva nueva. Es como ver la realidad de forma distinta. De repente darte cuenta: ah, es cierto, la Antártida no es un lugar remoto que no le importa a nadie. Es un lugar que nos va a afectar en el futuro. Tenemos que hacer algo al respecto, y lo hacemos porque es una entidad propia, es una entidad en sí misma. Una mega criatura”.
Si hay un lugar donde esa lógica se vuelve concreta, es el krill. Ricardo lo cuenta con una mezcla de fascinación y preocupación. El krill es la base de la cadena trófica antártica. Absorbe carbono, alimenta a ballenas, pingüinos, focas, calamares. Y es objeto de una pesca industrial que, aunque en volumen parezca pequeña, se concentra en un solo lugar: la Península Antártica, donde también se concentra la fauna que depende de él.
“La pesca de krill en general está altamente subsidiada, directa o indirectamente”, dice. Y los productos no son esenciales: se usa para alimentar y darle el color rojizo al salmón de acuicultura, como suplemento de omega 3, como comida para mascotas, como carnada para pesca deportiva. “El razonamiento de los pesqueros es: sacamos menos del 1% de lo que existe. Pero todos pescan en el mismo lugar, y en ese lugar también están las especies que se alimentan de krill. Compiten por la misma fuente de alimento”.
Lo que más le llama la atención es que, hasta hace muy poco, casi nadie hablaba del krill fuera del círculo cerrado de las campañas ambientalistas. “Y ahora hay varias campañas globales en contra de esta pesca. Eso refleja un llamado de atención del público sobre un sitio que no conocíamos, pero que sin embargo es tan importante para todos”.
Detrás del krill está la pregunta más grande: la finitud. “No veo cuál es el plan de salida de algunos países. Piensan y actúan como si los recursos en la Antártida fueran ilimitados. No lo son. La idea de explotarlos lo más posible dentro de los lineamientos que existen hoy… ¿cuál es el límite?”
La perspectiva de los Derechos de la Naturaleza
Cuando Lucho le pregunta por la campaña Antarctic Rights, Ricardo se toma un momento. “La idea de los derechos de la Antártida salió de otra gente, no hace tantos años. Yo me enteré y empecé a participar durante la pandemia. Viene del mundo de los derechos de la naturaleza, mientras que yo vengo de una perspectiva más tradicional del ser humano como guardián”.
Esa distinción no es menor. ASOC, la coalición que representa, nuclea a organizaciones ambientalistas que han operado durante décadas bajo la lógica de la “protección” ejercida por humanos en nombre de la Antártida. Los derechos de la naturaleza abren otro camino: no se trata de que los humanos protejamos, sino de que reconozcamos que la Antártida ya es un sujeto, con derechos propios.
“Para mí es una perspectiva nueva, que me pareció muy interesante porque es algo fresco, que se puede desarrollar”. Sobre todo en un momento en que el Tratado Antártico muestra sus límites. Pero también le genera preguntas: ¿cómo se aplicaría? ¿quién representaría a la Antártida? ¿en qué escala?
Encuentra un puente en el Protocolo de Madrid, el tratado ambiental de 1991 que establece que la protección de la Antártida debe ser “una consideración fundamental” en la planificación de actividades. Su artículo 3 habla del “valor intrínseco” de la Antártida. “No soy filósofo —dice—, pero la idea de valor intrínseco reconoce algo más que un continente, más que un ecosistema. Es un antecedente diplomático que está ahí, esperando interpretación”.
Y luego agrega una frase que condensa su posición: “No estamos hablando de entregarle derechos a la Antártida, sino de reconocerlos. Existen por existir como entidad”.
Una alianza que mira al Sur
Pero la Antártida no es solo el continente blanco. También está su borde: la Patagonia, el Océano Austral, los países que la miran desde el norte. Y ahí, dice Ricardo, hay una noticia que merece contarse.
Argentina y Chile, a pesar de ser países reclamantes con territorios superpuestos y en cierta medida competidores, han logrado presentar una propuesta conjunta para establecer un área marina protegida en la Península Antártica, justo en la zona donde se concentra la pesca de krill. “Tienen una posición muy firme al respecto”, dice. “Si hubieran presentado dos propuestas distintas, o si un país tuviera una posición más proteccionista y el otro más pesquera, hubiera sido muy complicado. Pero como están las cosas ahora, tienen una posición conjunta firme. No se mueven”.
Esa alianza, inesperada para algunos, es para Ricardo un ejemplo de cómo los países del sur pueden jugar un papel central en la gobernanza antártica. “A nivel personal, me parece muy valioso. El tema tendrá que resolverse de alguna forma: acordar medidas que sirvan para proteger la Antártida y que sigan hablando de derechos de la Antártida, pero no solo hablando, sino tratando de ponerlos en práctica. Como: ¿qué medida tomamos hoy?”
La pregunta lo lleva a otra, más profunda: si la Antártida es una entidad viva, ¿quién la representa en los foros de decisión? “Ese es un tema que está por resolverse —admite—. Es un tema complejo. Pero pienso que es posible, como seres humanos, tomar medidas en lo que entendemos como lo mejor para la Antártida. Hasta cierto punto, podemos determinarlo”.
El devenir antártico
La conversación llega a su fin. Lucho está en Punta Arenas, a 53° sur, Ricardo en Ámsterdam, a 52° norte. Ambos miran hacia el sur. Entre ellos, el planeta.
Ricardo recuerda que hace cinco o diez años los derechos de la naturaleza no estaban en el debate antártico. Hoy hay leyes en varios continentes, ríos y montañas reconocidos como sujetos de derecho en Nueva Zelanda, India, Colombia. “De repente nos damos cuenta de que elementos de la naturaleza están vivos”, dice. En la Antártida, ese reconocimiento aún no llega, pero algo se mueve.
Lanza una imagen que queda flotando después de apagar la cámara: “A veces pienso que los seres humanos somos como un mosquito molesto para la Antártida. En un momento determinado nos dará un manotazo”. Los cambios que ya está experimentando el continente, derretimiento, alteración de corrientes, reducción del hábitat del krill, son esa mano que empieza a moverse. “Que hoy exista una cantidad gigantesca de krill no quiere decir que seguirá existiendo siempre. Eso es lo que tal vez algunos países no terminan de entender. No sé cuál es su plan final”.
Y sin embargo, hay un resto de esperanza que no es ingenuo. Viene de las décadas de batallas, de la minería prohibida, de las áreas marinas protegidas que se abren paso, de la propuesta conjunta de Argentina y Chile. Viene también de la idea, todavía extraña para muchos, de que la Antártida podría ser reconocida como lo que siempre fue: una entidad con voz propia.
“Quizás —dice Ricardo al despedirse—, cuando comencemos a acercar un poco las posiciones, sea más fácil a futuro ver las cosas de manera distinta. Quizás más rápido de lo que pensamos”.
Del otro lado de la pantalla, Lucho apaga el grabador. Sigue mirando hacia el sur. En Ámsterdam, Ricardo también. Entre ambos, el continente blanco sigue su curso, indiferente a nuestras disputas, atento a nuestras decisiones. Como un mosquito que todavía no sabe que va a recibir un manotazo. O como una mega criatura que, por ahora, nos deja ser.
Esta conversación forma parte de una serie colaborativa entre Ecos del Sur y Antarctic Rights, en la que exploramos las voces que disputan el futuro del continente blanco.


